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domingo, 8 de abril de 2012

El inicio del niño y el peregrino

Resulta que había un niño de una imaginación regularmente aproximada a cualquier otro niño que nació a finales los ochenta, de clase media y criado fuera de San José, entre gente mayor, sobre protegido y con la facilidad de dejarse llevar por el pensamiento.

Con el paso del tiempo ese niño creció por fuera y poco por dentro. Muy imaginativo, decidía crear mundos fantasiosos en las pequeñas grutas de su mente. El pasto, los árboles, los riachuelos se convertían en las gloriosas excusas para recrear mundos entre las miniaturas, mundos fantásticos donde todo lo pequeño era grande y lo grande dejaba de importar.

Ese niño tomó un rumbo equivocado. Creyó que su destino era ser alguien importante: un doctor, un ingeniero o muchas otras profesiones sugeridas por los adultos. 

Desgraciadamente a ese niño le tocó crecer por dentro, pero no lo hizo. Únicamente se escondió y procreó un personaje. El caracter perfecto que emularía un estereotipo de persona que cumple con las razones básicas de la existencia de un hombre adulto normal costarricense.

Pero las emulaciones son simplemente eso, modelos hechos a través de procesos lógicos y matemáticos tan fértiles para las brechas y los grises como madera de piano para comején. El adulto cuando estudiaba cálculo, al final apagaba la calculadora  y leía un poco de Baudelaire para poder dormir y caminaba pensando en el conflicto psicológico de los sufrimientos aristocráticos de la Ana Karenina de Tolstoi. El niño no se podía esconder.

Es así como pasaron los años y el niño seguía escondido. Los números y las noticias no pudieron suplir una actitud sedienta que se satisface con cada letra que emerge con esta sensación de hacer lo que uno enamora.

El adulto ficiticio vegetaba, la ausencia del niño puso en piloto automático la mente, la existencia se resumía en la comida y la respiración. 

Parecía que el niño no sabía como volver y su cuerpo ya no podía existir con solo la presencia del trillado caracter. 

Una tarde ya de las comunes, propias de factoría mundana y monótona, apareció el peregrino. El peregrino cacheteó al caracter adulto y este sucumbió. El peregrino se movía por encima del bien y del mal y su mirada atravesaba los ojos, la mente y el alma de sus cercanos y supo que ese caracter era un nigromante.

Al caer el adulto al pasto apareció el niño. Ahora el niño debe aprender a recuperar su esencia, mientras el peregrino le enseña a ver con el alma. El infante si algo sabe hacer es aprender rápido y mejorar la técnica instruida.

Ahora el niño camina de la mano con el peregrino, mientras construye otra historia, una realidad paralela que se revelará en este lugar.

*****

Ojalá puedan recibir al niño con el mismo cariño que se los envío.

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